miércoles 28 de octubre de 2009

Versión intro en el boliche

"Cuando voy a bailar tengo que tener mucha plata. Porque para acercarme a hablarle a una chica o para sacarla a bailar tengo que, al menos, tener tres tragos encima, esa es la única forma que me animo; y después, además, me tiene que quedar para comprarle algo a ella, que es indispensable. Es decir: para pasarla bien tengo que estar borracho; y, en lo posible, que la chica también."


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viernes 9 de octubre de 2009

Trabajo interno

“¿Cómo consigo un trabajo siendo tímido?”, me pregunté una vez, hace algunos años, cuando a la respuesta la exigía algo más pesado que un dilema adolescente de personalidad. Digo, ahora puedo hacer un elogio a la introversión, seguir navegando con mi banda ancha, almozar tranquilo, e irme a mi facultad privada. Pero tampoco la pavada: hay cirunstancias que uno atraviesa, o que lo atraviesan a uno, donde se pone en juego mucho más que la riqueza estética de un defecto y su potencial de relato: como la posibilidad de almorzar, por ejemplo.

Tenía 19 años, estaba recién salido de mi bachiller con orientación en Ciencias Sociales, cuando las cosas en mi casa se pusieron, digamos, difíciles de habitar, pobres de habitar, inhabitables. “No queda otro, no queda otra, vas a tener que buscar, no queda otra”, dijo papa y hablaba de un trabajo; algo que para mí, hasta ahí, se hacía a la madrugada en una hoja, con letra Times new roman en interlineado 1,5, y que todos llamaban TePé.




Fiore dice que a encontrarlo me ayudó Silvio, mi psicólogo de entonces, pero yo le contesto que tardar tres meses en ser televendedor de Internet y servicios de telefonía era un insulto al gremio – más bien al no-gremio que no tenían porque no los dejaban y creo que todavía no los dejan-: era el empleo estrella del adolescente promedio de Capital, el nivel de rotación laboral que ostentaba era sólo comprarable con la precarización de sus condiciones; y yo tardé tres meses en conseguirlo. Mi elección por el call center la determinó lo que indicaban los avisos del diario: inmediatez en la incorporación, pocas pretensiones de formación profesional, y franja y carga horaria a gusto. Lo que los avisos no decían era que incluía franja y carga cerebral a disgusto, pero eso lo descubriría más tarde.

Sin una gota de experiencia, y con un cuadro de timidez agudo o grave, tuve mi primera entrevista de trabajo. Como toda primera impresión, me la acuerdo como si hubiese sido hoy a la mañana. El puesto consistía en venderle Speedy a campesinos argentinos del norte, o al menos así lo dio a entender el de recursos humanos. Pagaban 250 pesos más comisión. Aún para ese momento la cifra era insólita; y a las caras de espanto de los aspirantes, el entrevistador les repetía: “más comisión, co-mi-sión: 800, 900 pesos fácil.” Claro que no me llamaron, pero nunca sabré si por mi pésimo desenvolvimiento o porque no tenía, mucho menos sabía lo que era, un CUIL. Para ese lugar, para ese representante de recursos humanos, mi ignorancia era equparable a estar desnudo ahí mismo, casi una contravención. La segunda entrevista fue para vender telefonía local, no sé si supe para qué empresa. El lugar era una oficina grande como un ascensor, que también funcionaba como centro de llamados, donde había únicamente dos personas trabajando y desde teléfonos fijos; si, con tubo, cable en espiral, marcar cuatro y toda la bola. El entrevistador tendría sesenta años, grandote. Estabamos él y yo solos, mano a mano en una mesa, con las dos operadores un poco más lejos, de testigos. Por lo menos me lo advirtió, iintentó explicarme que si no hablaba, ésto no iba a funcionar.

-Necesito ver cómo hablás, de eso se trata este laburo.

Yo quería salir corriendo. Hasta que me fui, caminando rápido.

El tiempo pasaba y mi casa se convertía en lo más parecido a una sala de terapia intensiva: estaba en coma, y cualquiera de sus partes orgánicas podia morir de un momento a otro, Por entonces fue cuando llegó mí entrevista favorita, en la que descubrí que el mexicano y el rioplatense son dos idiomas diferentes. Ahí también usaban teléfonos fijos, pero eran como dosientos. Bueno, como treinta. Había que vender un paquete de contenido audiovisual que tenía el objetivo de ayudar a mexicanos que vivíeran en Estados Unidos a hablar inglés. Era un paquete literal, no un servicio, una caja con cosas que salía poco más de mil dólares, La consigna era convencer a un residente mexicano que no iba a aprender a hablar inglés en su vida, ni estando ahí cincuenta años, y que la única salida era pagarle mil dólares a un argentino que le hablaba con acento impostado, desde buenos Aires pero que decía desde Sacramento, California, mediante un teléfono fijo y a cinco mil kilómetros de distancia, y que, a cambio, le iba a mandar una caja con videos e instrucciones: una locura. En este lugar llegué hasta la tercera entrevista: pasé la primera etapa de capacitación teórica, que la llevaba a cabo el gerente de recursos humanos, que además era profesor de Marketing de la UP, que además, decía, tenía un puesto ejecutivo en Teleperformance y que cuando nombraba el valor del sueldo, lo seguía de la palabra deducible, como en voz baja, en letra chica: al igual que todo lo que ocurre dentro de un call center, cualquiera sea, era un eufemismo. La tercera fue la vencida, la que me venció, porque fue cuando tuve que levantar el tubo, marcar quince números y enfrentarme con alguien del otro lado del planeta que ya empezaba su diálogo con una palabra al revés, con un “aló”. Era un pibe jóven, tendría veintialgo. Yo sé que me puse demasiado nervioso, que mi voz no salía, que no podía ni leer el speech, pero después pensé si él no me habría hecho una joda, porque ninguno de los dos nos entendíamos ni una sola frase; como si ambos necesitáramos una caja de videos de mil dólares que nos enseñara a hablar castellano neutro. La incompresión mutua habrá durado tres minutos. Después de otras dos llamadas más, me dijeron que no, que no vuelva.

A punto de abandonar la búsqueda, de abandonar a Silvio, que no me servía como terapéutica más que el Clarín del día; a punto de abandonar mi casa, se me ocurrió ir a un call que ya había descartado porque en la consultora me habían dado mal la dirección y perdí todo una mañana. Me fijé bien donde quedaba, decidí que ese era, por mí, el último intento, pensé también en tomar un shot de vodka pero me arrepentí, y fui. Quizás, por la tensión sobre mi espalda, fue que el enojo rompió el papel del introverido y lo actualizó a frenético temporal. Sin ninguna sustancia encima más que la adrenalina natural que me recorría el cuerpo, sin nada que perder, sin otra cosa que hacer, fue como conseguí mi primer trabajo; fue en Vodafone, de españa, como vendedor del internet y la telefonía que la madre patria tanto necesitaba. Lo que definía si quedabas o no, después de la semana de capacitación, era un simulacro de venta telefónica del servicio con una capacitadora española; era ella, como en tiempos de la colonia, la que decidia qué iba a pasar acá, en el Rio de la Plata, conmigo. Ella dijo que sí, y así fue como pude esquivar los charcos de mi timidez, aunque sea por una vez, al margen de que hablar con españoles, por alguna extraña razón, no me pone tan nevioso. Así fue como pude controlar una situación económica que me excedía. Así fue, también, como tres centenares de ibéricos fueron víctimas, durante algo más de un año y medio, de las mentiras que se preparaban en un edificio del centro de Buenos Aires.

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jueves 8 de octubre de 2009

Versión intro en el aula

"Detesto llegar tarde porque todos te miran como diciendo 'llegaste tarde y ahora no vas a encontrar asiento y vas a tener que salir a buscarlo y volver a entrar y hacer ruido y te vamos a mirar mal y jodete.' Y pasa eso".

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Diálogos con Paco

Yo: -Lo que pasa es que mientras estoy callado y no me sale la voz, también estoy consciente de que el papel de tímido es el peor que se puede desempeñar; yo lo sé eso, pero me quedo mudo igual.

Paco: -Claro, es preferible ser un loco, un soberbio, un rídiculo, un pelotudo o hasta mala onda, porque de todas esas posturas es posible volver. Es mucho más probable que alguien piense “uy, qué bien lo que dijo, eh, parecía un pelotudo”, o “miralo al ridículo como puede hablar en serio si quiere”, a que piense “che, qué interesante que es el tímido ése”.

Yo: - Y sí, el problema de ser introvertido es que perdés entidad en el imaginario de los demás, el anonimato hace que los otros diluyan tu existencia: sos tímido, no existís.

Paco: -Bueno, sí sabés eso, si lo entendés, tenés que poder hacer algo distinto entonces.

Yo: -No sé, aunque en el momento lo reflexiono, no puedo, pierdo siempre. Es una sensación muy fuerte.

Paco: -Perdés porque confiás demasiado en las proyecciones de tu cabeza, no porque sea fuerte: tenés la ilusión de que con cualquier cosa que digas te van a señalar con el dedo, como el mono de Padre de Familia que sale del armario. Y le tenés miedo al dolor que eso te pueda causar, pero no te das cuenta que ese miedo ya se siente como dolor.

Yo: -El problema es el miedo, ok. Pero saberlo nada más no me desbloquea, porque lo sé ¿Qué hago con eso?

Paco: - No, bueno, sólo con eso evidentemente nada. Lo que tenés que hacer es justamente hacer, aunque cueste. Digo, es obvio que la solución no va a salir naturalmente, va a ser forzada, va a requerir de esfuerzo. Es cuestión de bancárselo y no frustrarse. Yo creo que para resolver los problemas hay que ir exactamente donde indique el miedo: “Donde tenga miedo, ahí estaré”, tenés que pensar. No quedarse quieto; vos que estás consciente de lo que te pasa no tenés excusa. A menos que te guste ser un cuadripléjico social.


A Paco lo conocí en la secundaria, el lugar donde empezaron a aparecer los primeros síntomas de timidez del cual tenga registro. Nos acercamos en quinto año, casi a punto de terminar, en medio del adolescer hormonal por el que pasa toda persona en ese momento de su vida. Que nos hayamos hecho amigos sigue siendo un misterio para mí, pero supongo que fue porque hablabamos el mismo idioma y eso hizo que podamos entendernos: hasta el dia de hoy, es exclusivamente el único hombre con el que puedo hablar, o por lo menos el único que escucho.

El fragmento que cité es de una reciente conversacion con él, cuando le dije que no sabía si iba a seguir yendo al taller de psicodrama y recreación. La última vez que fui la clase venía bien, hasta que en un momento se armó una ronda de grupo donde había que definir ideas para inventar un juego. Mi nivel de pasividad fue tal que uno de los chicos tuvo que decirme: “Vos qué pensás, dale, participá”, y fue demasiado, casi no resisto la presión. Aunque más tarde, Paco me haría dar cuenta que no era presión, sino que soy simplemente un cagón de mierda.

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miércoles 7 de octubre de 2009

Versión intro en el taxi

"Sufro cada vez que un taxista me da charla, poque ellos no perciben las señales de incomodidad. Aunque mis respuestas se muevan de forma círcular entre 'ah', 'se' y 'cla', van a a seguir hablando como si fuese un digno interlocutor. Y es peor cuando a esa secuencia le agregan la pregunta exterminadora:

-¿Sos de Boca, no?

Y mi respuesta invariable es: 'No, no me gusta el fútbol'. Por el resto de todo el viaje tengo que bancarme la mirada por el espejo retrovisor, clavada en mi sien, que dice '¿Sos puto, no?' sin poder exponer mi pensamiento sobre ese deporte o mi gusto por las mujeres."

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martes 6 de octubre de 2009

No Froy

A esta altura creo que hay una acusación legítima que aclarar; la que diría: “Y por qué no vas al psicólogo, boludo, en vez de hacerte un blog.”

Fui al psicólogo, dos años de chico y tres de más grande. En mi árbol familiar hay cinco, una abuela, una tía y tres primas; mi mejor amiga, Fiore, también estudia esa disciplina. Hasta curse la materia para el CBC de Comunicación y la aprobé. Así que creo saber un poco sobre Psicología, al menos para decir, con un mínimo de autoridad moral suficiente, que no sirve: no sirve.



Con Fiore tengo ese tipo de relación algo inédita, una donde puedo intentar destruir teóricamente su vocación, en tono de discusión brutal, que vamos a terminar brindando por algo; igual a la inversa. Eso quizás se deba a que ella representa en mí dos excepciones, una general: la de la regla, que puede confirmarla o no, pero que sin dudas contradice la imposibilidad de amistad entre sexos opuesto; y una particular: es una de las pocas personas con las que puedo hablar, hablar en serio, sin dudas, sin dudar de mis palabras. Supongo que es porque a mi me gustan las chicas. Y a ella también.

-No podes negar que un psicólogo te ayuda a identificar los problemas- es una clásica refutación de Fiore.

Y no lo niego. Pero la experiencia sensorial y el conocimiento teórico que tengo me dice que hasta ahí llega la cuestión. La identificación funciona sólo cuando está orientada a la práctica, y es mucho más efectivo que la terapéutica se resuelva en la acción, en el movimiento mismo del hacer, en vivo desde la situación conflictiva.

-Vos decís eso pero mirá cómo te va, no podés.

Como en ese instante mis palabras se desvanecen en el aire, tengo que hacer un chiste y decirle que, igual, no a Freud. Lo digo así: “No Froy”.

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lunes 5 de octubre de 2009

En esta sección, una colección de testimonios anónimos de introvertidos

Versión intro en el colectivo

"Nunca me siento del lado de la ventana. Porque si la persona que está del lado del pasillo se queda dormida, y tiene un viaje más largo que yo, no sé cómo hacer para despertarla."


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domingo 4 de octubre de 2009

Primera Dramatización

Empecé a ir a un taller de psicodrama y recreación, que es igual a ir a una sucursal de mis conflictos de timidez. Es en un pequeño centro cultural bastante artesanal del centro, y mi motivo de asistencia es casi trillado: soltarme -¿soltarme yo? Si me suelto seguro que me caigo- un poco, y utilizarlo como método de acción terapéutica práctica. Fue la primera clase, por momentos sentí que funcionó, que puso en funcionamiento el proceso de aprendizaje de esas hailidades sociales tan necesarias y tan carentes en mí.

Con el antecedente de haber hecho un esfuerzo intro-reflexivo desmedido, que me hizo pasear por las paredes de mi casa, que me hizo bajarme una parada después y que me consumió medio paquete de cigarrillos, llegué al lugar. Llegué y también entré, que no es poco. Luego de una introducción de los anfitriones, que no viene al caso porque no hice nada, ocurrió lo que sí viene al caso: el momento de hacer algo. La actividad que los coordinadores indicaron para mi fue un drama literal; para ellos un juego: La consigna consistía en cruzar el marco vacío de un cuadro grande, que únicamente separaba al lugar donde estabamos de una habitación pero que representaba la barrera que divide esta realidad de alguna otra, y dejarse llevar por los movimentos del cuerpo; dejar que los sentidos sean los que responden a esa realidad. “Una donde no hay restricciones”, dijeron. Para pasar había que dejarse pintar la cara con corcho quemado y comer un caramelo Sugus, que -aseguraron- era una píldora. Ahora sí, ya se podía entrar a la habitación y ser lo que uno sería si estuviera en una realidad paralela.

-¿Pero cómo?- pregunté.

-Cómo lo sientás, no lo pienses- contestaron.

Eramos quince. Algunos se animalizaron automáticamente y se convirtieron en monos desquiciados o sapos gigantes, o un mezlca mutante de los dos; otros eran fácilmente confundibles con internos del borda: un pibe bajito era un frenético resorte que no paraba de saltar, no paraba; quería crecer, parecía. Y yo, yo era un drama. No sé en que realidad estaba pero el Sugus no me hacía efecto. “si no me dan otra dosis, mis nervios van a fallar”, pensé. Lo único que conseguí hacer es dar fuertes pisadas en el suelo, supongo que producto de mi enojo conmigo –o con el sugus defectuoso-. Como si la violencia fuese el único recurso disponible para decantar la presión interna. Pero dio resultado; de a pasitos, la inborrable mirada de juicio del otro empezo a trasfigurarse en lo que realmente era: la mirada de monos, sapos y locos, que no juzgan por definición. Terminé el ejercicio prácticamente atravesando el suelo con mis piernas, trabado pero casi suelto, y no me caí. No pude hablar demasiado, nada a excepción de esa única pregunta que hice, pero volví a mi casa pensando: “simpático mi yo paralelo, espero volverlo a ver, de este lado del marco”.




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viernes 2 de octubre de 2009

Afonía I

Fue ayer. Estaba en una clase típica de un día típico de la UBA, a las nueve menos algo de la mañana. Faltaban los últimos diez minutos para salir, cuando al profesor se le ocurrió interrumpir su verborrágico discurso sobre los massmedia para indagar a su audiencia de estudiantes, algo habitual. Lo hizo, claro, con ese aire de superioridad retórica que a veces caracteriza a los profesores, sentado sobre el escritorio con los brazos cruzados y todo, sin que una de sus piernas llegue a apoyar en el suelo; también, algo habitual.

“¿Cuál es la empresa más grande del mundo?”, preguntó, e hizo un gesto casi teatral para mostrarse espontáneo e interesante, a la vez que para esconder la fatídica costumbre de hacer esa misma pregunta a cada curso, todos los cuatrimestres, desde hace varios años. Yo pensé: estamos hablando de medios de comunicación masivos, estoy seguro que quiere que respondamos Google. Y comenzó la discusión interna que se me presenta, como a todo introvertido, en cada situación de exposición oral y grupal, puertas adentro de mi cabeza, la introdiscusión:



Yo: -Lo digo, lo digo, total es una boludez, lo digo.

IntroYo: -No, mirá si no es, quedo como un boludo.

Dentro de la consciencia del introvertido, la mirada ajena se ubica en la misma categoría que la propia. Así se genera una confusión de las intensidades reales con las imaginarias, y uno termina pensándose como el máximo centro de atención en todo el mundo, en este caso, en toda el aula. El miedo a un posible juicio del otro cobra entonces una dimensión exponencial.

Yo: Si termina siendo, y no lo llegué a decir, voy a sentir la misma frustración que siento cada vez que pasa esto, así que al carajo con el miedo, lo digo y fue.

IntroYo: -Mejor no. La puta madre, si a nadie le importa lo que yo diga, ¿por qué seré tan inseguro?

Porque el valor que se le asigna a la imagen de uno que se imprime en el otro, tiende a ser el mismo que se le da a la imagen que ya se tiene de sí mismo; la inseguridad reside en que puedan llegar a ser diferentes -que de hecho lo son-. El miedo a conocer ese diferencial entre imágenes esconde en realidad una tremenda soberbia.

Pasaron cinco segundos y nadie contestaba, hasta que una chica, no se cuál, dijo con voz fuerte y clara: “Pampers” -sí, los pañales-. No quise girar mi cabeza para fijarme quién era, sentí vergüenza por ella, como si lo hubiese dicho yo.

Inmediatamente se desataron los respectivos estallidos: explosión de carcajadas en los siempre crueles alumnos e implosión de carcajadas en el siempre correcto profesor, que aunque se estaba muriendo, lógicamente no puede cagarse de risa, y lo sabe. “¿Vamos, cuál es?”, presionó el profesor, y la introdiscusión continuó.

IntroYo: -¿No ves, no ves?, son unos hijos de puta, cómo se ríen. Está bien, es una pelotuda, pero, ¿no ves?, mirá si me pasaba a mí. Me late el corazón como si hubiese sido yo. Ahora no digo una mierda.

La proyección del rídiculo, en el introvertido, se experimenta como el rídiculo mismo; la sensación que genera en el cuerpo es aún previa a los hechos concretos. Verlo en un sólo caso, como el de esa chica, actúa como confirmación absoluta y el miedo queda reforzado.

Yo: -Estoy harto, es siempre igual. Ésto lo tengo que resolver ahora, sino no lo resuelvo más; lo tengo que decir. Es una boludez, me tengo que animar. No va a pasar nada, no va a pasar nada.

Despúes de la circular reflexión que hago siempre en estos casos, que duran segundos, pero que se viven como eras, intenté solucionar mi problema y abrir la boca.
  
-Gugl- susurré.

Lo expresé como si mi voz, mi cuerpo, no estuviesen de acuerdo conmigo, como si me estuvieran contradiciendo. El profesor, por supuesto, no me escuchó; pero sí lo hizo un pibe que estaba sentado atrás mio. El pibe decidió volver suyas mis palabas y entonarlas con firmeza, al punto de arrastar con ellas un eco sostenido que retumbó en toda el aula hasta finalmente entrar en mi cabeza, donde comenzó a rebotar sin parar: “Google, profe”. Y el profe dijo: “Sí, muy bien, claro”, y prosiguió su discurso interrumpido con la bajada de línea que ya sabía desde el principio que iba a bajar con respecto a esa empresa. Después, terminó la clase.

Llegué a mi casa en silencio colérico. Dado el grado de concentración que tuvo lo que me pasó, tenía ganas de gritar, para que me escuché hasta el portero, pero no lo hice. Suele pasar que un hecho simple y superficial, en determinados momentos, actúa como sintetizador de algo complejo y profundo, sobre todo en el campo emocional. Lo que sí hice fue un blog, que no por casualidad es espacio territoral de Google, para materializarlo en relato y contarlo, para contar la introversión. Para ver si en algún momento puedo decir, puedo decirme: “Sí, muy bien, claro”.



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Intro


A pesar de mi cuadro de afonía, lo digo de una: me llamo Alejandro y soy introvertido. Creo que en mayor o menor medida, todos lo somos un poco en algún momento de nuestra vida diaria. Digo, sensaciones como la incomodidad, la vergüenza, la inhibición o la inseguridad, son inevitables; aunque atrapen sólo un instante o una completa eternidad, nadie puede escapar de las distintas formas de timidez.



Yo soy de los que son atrapados en situaciones del tipo colectivas, cuando el otro se vuelve grupo: un tímido público, y tengo la firme convicción de que si vuelco, si vierto mi discapacidad en una hoja, quizás encuentre el antídoto. Se trata de eso, de escribir a la introversión, de abordarla como fenómeno que me trasciende: con-vertir el problema en relatos para que exista, también, fuera de mi cabeza.



Ésta no es mi historia, sino la historia de una cualidad social que me tiene como protagonista. Sé que no soy al único que le fallan los nervios, pierde su voz, o se le paraliza el pensamiento en determinadas situaciones de la existencia cotidiana. Y como, generalmente, a esas situaciones vale la pena contarlas, ya sea por su tragedia o su comedia, un retrato en palabras se vuelve necesario. Aquí, una antología de esas fisuras, empezando por las mías.

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