Primera Dramatización
Con el antecedente de haber hecho un esfuerzo intro-reflexivo desmedido, que me hizo pasear por las paredes de mi casa, que me hizo bajarme una parada después y que me consumió medio paquete de cigarrillos, llegué al lugar. Llegué y también entré, que no es poco. Luego de una introducción de los anfitriones, que no viene al caso porque no hice nada, ocurrió lo que sí viene al caso: el momento de hacer algo. La actividad que los coordinadores indicaron para mi fue un drama literal; para ellos un juego: La consigna consistía en cruzar el marco vacío de un cuadro grande, que únicamente separaba al lugar donde estabamos de una habitación pero que representaba la barrera que divide esta realidad de alguna otra, y dejarse llevar por los movimentos del cuerpo; dejar que los sentidos sean los que responden a esa realidad. “Una donde no hay restricciones”, dijeron. Para pasar había que dejarse pintar la cara con corcho quemado y comer un caramelo Sugus, que -aseguraron- era una píldora. Ahora sí, ya se podía entrar a la habitación y ser lo que uno sería si estuviera en una realidad paralela.
-¿Pero cómo?- pregunté.
-Cómo lo sientás, no lo pienses- contestaron.
Eramos quince. Algunos se animalizaron automáticamente y se convirtieron en monos desquiciados o sapos gigantes, o un mezlca mutante de los dos; otros eran fácilmente confundibles con internos del borda: un pibe bajito era un frenético resorte que no paraba de saltar, no paraba; quería crecer, parecía. Y yo, yo era un drama. No sé en que realidad estaba pero el Sugus no me hacía efecto. “si no me dan otra dosis, mis nervios van a fallar”, pensé. Lo único que conseguí hacer es dar fuertes pisadas en el suelo, supongo que producto de mi enojo conmigo –o con el sugus defectuoso-. Como si la violencia fuese el único recurso disponible para decantar la presión interna. Pero dio resultado; de a pasitos, la inborrable mirada de juicio del otro empezo a trasfigurarse en lo que realmente era: la mirada de monos, sapos y locos, que no juzgan por definición. Terminé el ejercicio prácticamente atravesando el suelo con mis piernas, trabado pero casi suelto, y no me caí. No pude hablar demasiado, nada a excepción de esa única pregunta que hice, pero volví a mi casa pensando: “simpático mi yo paralelo, espero volverlo a ver, de este lado del marco”.
Empecé a ir a un taller de psicodrama y recreación, que es igual a ir a una sucursal de mis conflictos de timidez. Es en un pequeño centro cultural bastante artesanal del centro, y mi motivo de asistencia es casi trillado: soltarme -¿soltarme yo? Si me suelto seguro que me caigo- un poco, y utilizarlo como método de acción terapéutica práctica. Fue la primera clase, por momentos sentí que funcionó, que puso en funcionamiento el proceso de aprendizaje de esas hailidades sociales tan necesarias y tan carentes en mí.
Con el antecedente de haber hecho un esfuerzo intro-reflexivo desmedido, que me hizo pasear por las paredes de mi casa, que me hizo bajarme una parada después y que me consumió medio paquete de cigarrillos, llegué al lugar. Llegué y también entré, que no es poco. Luego de una introducción de los anfitriones, que no viene al caso porque no hice nada, ocurrió lo que sí viene al caso: el momento de hacer algo. La actividad que los coordinadores indicaron para mi fue un drama literal; para ellos un juego: La consigna consistía en cruzar el marco vacío de un cuadro grande, que únicamente separaba al lugar donde estabamos de una habitación pero que representaba la barrera que divide esta realidad de alguna otra, y dejarse llevar por los movimentos del cuerpo; dejar que los sentidos sean los que responden a esa realidad. “Una donde no hay restricciones”, dijeron. Para pasar había que dejarse pintar la cara con corcho quemado y comer un caramelo Sugus, que -aseguraron- era una píldora. Ahora sí, ya se podía entrar a la habitación y ser lo que uno sería si estuviera en una realidad paralela.
-¿Pero cómo?- pregunté.
-Cómo lo sientás, no lo pienses- contestaron.
Eramos quince. Algunos se animalizaron automáticamente y se convirtieron en monos desquiciados o sapos gigantes, o un mezlca mutante de los dos; otros eran fácilmente confundibles con internos del borda: un pibe bajito era un frenético resorte que no paraba de saltar, no paraba; quería crecer, parecía. Y yo, yo era un drama. No sé en que realidad estaba pero el Sugus no me hacía efecto. “si no me dan otra dosis, mis nervios van a fallar”, pensé. Lo único que conseguí hacer es dar fuertes pisadas en el suelo, supongo que producto de mi enojo conmigo –o con el sugus defectuoso-. Como si la violencia fuese el único recurso disponible para decantar la presión interna. Pero dio resultado; de a pasitos, la inborrable mirada de juicio del otro empezo a trasfigurarse en lo que realmente era: la mirada de monos, sapos y locos, que no juzgan por definición. Terminé el ejercicio prácticamente atravesando el suelo con mis piernas, trabado pero casi suelto, y no me caí. No pude hablar demasiado, nada a excepción de esa única pregunta que hice, pero volví a mi casa pensando: “simpático mi yo paralelo, espero volverlo a ver, de este lado del marco”.





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